Numancia es el nombre de una desaparecida población de la Península
Ibérica , cuyos restos están situados a 7 km al norte de la actual ciudad
de Soria, sobre el cerro de la Muela de la localidad de Garray.
No está muy claro si es una ciudad que pertenecía al pueblo de los Pelendones
o de los Arévacos. En este sentido, Plinio afirma que es una ciudad pelendona,
aunque otros autores, como Estrabón y Ptolomeo la sitúan entre los Arévacos.
Las principales conjeturas respecto a esta cuestión radican en el origen
histórico de la llegada de ambos pueblos al actual suelo español; los
Arévacos llegaron a la península posteriormente a los Pelendones, y los
desplazaron hasta el Norte de Soria, no quedando claro cual de ambos
fue el auténtico precursor de Numancia.
La principal fuente de datos sobre la antigua vida en Numancia proviene
de la Arqueología , puesto que apenas subsisten restos escritos sobre
la vida cotidiana de sus habitantes.
Su ubicación geográfica se sitúa en el cerro de la Muela de Garray, en
la confluencia del Duero y el Tera. Era una ciudad celtíbera, y pervivió
tras la conquista de Roma como ciudad hispanorromana.
Su primera ocupación data del Calcolítico, a comienzos de la Edad del
bronce, (entre el 800-700 adC). Perduraría un asentamiento de la cultura
castreña de la Edad del Hierro hasta el siglo IV adC.
Tras ser arrasada por Roma, la ciudad no estuvo mucho tiempo sin ser
ocupada, encontrándose restos de poblamiento pertenecientes al siglo
I adC. Esta época se caracteriza por un urbanismo bastante regular, aunque
sin grandes edificios públicos. En el siglo III comienza su decadencia,
(aunque se han encontrado restos romanos del siglo IV).
Se cree que posteriormente pudo haber sido ocupada por visigoda, por
haberse encontrado restos del siglo VI.
Economía
Se cree que durante su ocupación prerromana su principal fuente económica
era la ganadería. Hay constancia de pagos a otros pueblos e incluso a
Roma por medio de pieles de buey o de capas de lana (sagum) en grandes
cantidades.
La carne y la leche fueron los alimentos básicos de su dieta, infiriéndose
esto último por diversas representaciones cerámicas, las cuales demuestran
que los animales más importantes fueron el conejo, el buey, la cabra
y la oveja.
La agricultura no fue un actividad muy importante en la estructura comercial
de los numantinos. A fin de suplantar esta y otras carencias, se sabe
que mantuvieron realciones comerciales con diversos pueblos cercanos
a fin de adquirir productos de primera necesidad. Entre estos últimos,
se cuentan especialmente los Vacceos, que les procuraban trigo y otros
cereales, motivo por el cual los romanos quemaron los campos de cereal
de los Vacceos para propiciar el aislamiento de Numancia y su posterior
asedio.
No obstante lo anterior, se tienen registros de la fabricación de una
cerveza propia, denominada Caelia, muy popular entre los habitantes de
la ciudad.
Religión
Compartían las mismas creencias que el resto de los pueblos de la Celtiberia.
Como detalle particular de su culto religioso, se encuentran sus rituales
funerarios, durante los cuales exponían al aire libre los cuerpos de
los guerreros caídos en el campo de batalla, con el objetivo de ser comidos
por los buitres. Esto se muestra en la cerámica numantina, donde se exhibe
toda una iconografía funeraria y de lucha que ha sido muy útil para los
historiadores y arqueólogos.
Conquista y Asedio de Numancia
El sometimiento de los pueblos de la península al Imperio romano, tenía
sus excepciones. Pueblos como los Arévacos, Vacceos, Tittos, Bellos o
Lusitanos en una fase intermedia de la conquista, pusieron mucha resistencia,
y ciudades como Numancia y Termancia (Tiermes), llegaron a mandar a Roma
embajadas para tratar con el Senado romano.
El cónsul Quinto Cecilio Metelo, el Macedónico, que había conquistado
y sometido gran parte de la península, conquistó gran parte de las ciudades
de los Arévacos, Vacceos y Pelendones, pero se le resistieron Numancia
y Tiermes. Fue sustituido por Quinto Pompeyo quien llegó celoso de la
gloria de Servilio Cepión por poner término a la insurrección acaudillada
por Viriato. Pero tampoco consiguió someter a las dos ciudades celtíberas.
El año 153 adC, Los habitantes de Segeda, ciudad comarcana que habían
combatido a las órdenes de Viriato en el país de los arevacos, dilataba
el envío de soldados para servir en el ejército romano, se negaba a pagar
impuestos al tiempo que se fortificaba, hizo frente a las legiones consulares
de Fulvio Nobilior, quien dejó 6000 hombres en la batalla siendo obligado
a huir hasta que la caballería romana que iba a retaguardia convirtió
en derrota el anterior triunfo.
Los arevacos supervivientes se reunieron en Numancia y decidieron continuar
las hostilidades. Tres días después, Fulvio Nobilior, se presentó a las
puertas de Numancia con un ejército en cuya primera línea formaban 10
elefantes y 500 jinetes númidas que Masinisa le había enviado desde África.
Primera batalla de Numancia
Los numantinos y sus caballos se asustaron por los elefantes y corrían
a refugiarse en su ciudad hasta que una pedrada hirió a un elefante que,
entrando en furor se revolvió contra los legionarios, siendo imitado
por los restantes. Su ataque causó numerosas víctimas entre los propios
asaltantes. El ataque que siguió a continuación a los desbandados romanos,
hizo que las víctimas se fijaran en 4000 romanos y 2000 entre los numantinos.
Además, fueron capaces de matar a 3 elefantes.
Fulvio Nobilior no quiso intentar nada más e invernó en su campamento
con escasez de víveres y recibiendo continuos asaltos de los numantinos.
Llegada la primavera de 152 adC, Quinto Pompeyo relevó a Nobilior por
el cónsul Claudio Marcelo, que llegó con 500 caballos y 8000 infantes.
Estos debían ser reclutados por sorteo ante la general negativa de la
ciudadanía romana de alistarse para combatir en Iberia.
Primer sitio de Numancia
El pretor Quinto Pompeyo tenía 30.000 soldados y 2.000 caballos que fue
perdiendo en las numerosas emboscadas hasta que cansado, dirigió sus
tropas contra Termancia (Tiermes) y tornó a hostilizar a Numancia desviando
por el llano un río, que podía ser el Tera, para sitiar a la ciudad por
hambre. Los numantinos a cuyo mando estaba Megara, no solamente lo evitaron
sino que volvieron a causarle numerosas pérdidas. Trató de terminar la
guerra intercambiando rehenes, prisioneros y desertores y recibió de
los numantinos cierta cantidad de dinero. En definitiva, pactó con ellos.
Al ser sustituido por Marco Popilio Lenas, el pacto fue anulado por el
Senado de Roma, que lo consideró vergonzoso, y se decidió seguir la guerra.
A Popilio le sustituyó Cayo Hostilio Mancino, cuyo fracaso fue superior
a los anteriores puesto que cuantas veces como peleó con los numantinos,
fue vencido. Fue encerrado en su campamento y, bajo amenaza de muerte
para todo su ejército, aceptó la paz. Los numantinos se limitaron a desarmar
al ejército romano a cambio de la paz. Fue llamado a Roma con los embajadores
numantinos que como nación bárbara acampaban a las afueras de la ciudad.
En sustitución de Mancino fue enviado a Iberia el cónsul Marco Emilio
Lépido, que al ser derrotado en Numancia, decidió seguir hasta la zona
de los vacceos y sitió Pallantia (la actual Palencia o Palenzuela), donde,
tras cuatros años de ataques, también fracasó. Pero arrasaron los campos
de cereal vacceos para evitar que lo suministraran a Numancia. Tras regresar
a Roma, fue condenado a ser entregado a los numantinos. Llevado a Iberia,
lo dejaron desnudo con las manos atadas a la espalda. Al negarse los
numantinos a recibirle, así estuvo hasta la noche.
Estos 18 años de lucha con concesiones y dilaciones, hizo que quedara
finalmente como uno de los baluartes hostiles a Roma.
Sitio final a Numancia
Este cúmulo de humillaciones decidió a Roma, en el año 134 adC el envío
de su mejor soldado, el vencedor de Cartago, Publio Cornelio Escipión
Emiliano.
La primera dificultad que se ofreció en Roma para designar a Escipión
como jefe del ejército sitiador de Numancia, escribe Mélida, fue que
no tenía el tiempo prescrito para el consulado, pero el Senado, dice
Apiano, decretó que los tribunos volviesen a derogar la ley en cuanto
al tiempo, como habían hecho en la guerra de Cartago, y quedase en vigor
para el año siguiente. El prestigio de tal general hizo que quisieran
alistarse a sus órdenes multitud de romanos; pero no lo consintió el
Senado, pues Roma andaba empeñada en otras guerras. Protestó por ello
Escipión, que no hubiera querido hacer la guerra numantina con el ejército
desmoralizado y vencido que le aguardaba en Iberia. Hubo de consentirle
el Senado que juntase tropas mercenarias de otras ciudades y de otros
reyes, escribe Apiano, que voluntariamente se le ofrecieron por conveniencia
propia. Además con personas escogidas y fieles formó la llamada "cohorte
de los amigos" Pidió dinero; negóselo el Senado, consignándole solo
ciertas rentas a la sazón no vencidas y, según Plutarco, contestó Escipión
que "le bastaba el suyo y el de sus amigos". Tal fue el esfuerzo
personal con que aquel experimentado soldado se aprestó a la empresa.
Había reunido un cuerpo de ejército de 4000 hombres y encargado de conducirlos
a Buteón, su sobrino, adelántandose él con unos pocos a Iberia, donde
le aguardaban fuerzas más numerosas. Así que llegó, tuvo que luchar con
sus ejército antes que con los numantinos, pues como ya esperaba, lo
encontró sumido en tal estado de indisciplina, superstición y molicie,
que debió comprobar de donde venía tan repetido desastre y vergüenza
como hasta entonces se había registrado en la guerra celtibérica. Plucarco
refiere algunos episodios elocuentes. "Un día da con las acémilas
de un tribuno militar llamado Menimio, cargadas de vasos thericleos y
adornados con piedras preciosas" y le dijo: -Tal como eres, te has
hecho inútil para mí y para la patria por treinta días; pero para ti
mismo para toda la vida. Halla otro "que lucia un escudo profusamente
decorado", y le reprende con esta sentencia: -Hermoso es por cierto,
joven, el escudo; mas sienta mejor a un romano poner su confianza en
la diestra que en la siniestra. Vio que en las marchas utilizaban los
infantes caballerías, y exclamó: -¿Qué se ha de esperar en la guerra
de hombre que no puede andar a pie? Desterró, dice Apiano, a todos los
mercaderes, rameras, adivinos y agoreros, a quienes los soldados consternados
en tantos infortunios daban demasiado crédito; expulsó a los criados,
vendió carros, equipajes y acémilas, conservando las puramente necesarias;
prohibió ir en bestia en las marchas. A nadie permitió, escribe Apiano,
tener mas ajuar para comer que un asador, una olla de bronce y un vaso.
Prescribió que las comidas fuesen de carne asada o cocida. Vedó las camas,
y él era el primero que dormía sobre una estera. Escribe Apiano: Para
que ninguno se desmandase en las marchas, como antes, caminaba siempre
un escuadrón cuadrado, sin ser permitido a nadie cambiar el puesto que
se le había dado. Durante la marcha, recorría muchas veces la retaguardia;
había de echar pie a tierra a los de a caballo, y en su lugar ponía a
los enfermos, y lo que fatigaba demasiado a las bestias, lo distribuía
entre los de a pie. Si hacía alto, ponía de centinela alrededor del campo
a los mismos que aquel día habían servido de batidores durante la marcha,
y hacía que otro escuadrón de caballería batiese la campaña. Durante
este periodo de prácticas y reforma de su ejército, Escipión no tuvo
con los numantinos mas que ligeras escaramuzas, las bastantes para darse
a conocer entre ellos. Hizo todo lo que referido queda, diciendo y repitiendo:
-Los generales austeros y rígidos son muy útiles a los suyos, y los suaves
y liberales traen mucha cuenta a los contrarios, porque las tropas de
estos, aunque alegres, no saben obedecer, y las de aquellos, aunque adustas,
están obedientes y prontas para todo. Cuando tuvo moralizado a su ejército,
sumiso y hecho al trabajo y a la fatiga, trasladó su campo cerca de Numancia,
cuidando de no dividir sus fuerzas, como hicieron otros, ni de batirse
sin antes explorar. -Es un disparate -decía- aventurarse por cosas leves.
Es imprudente el capitán que entra en acción sin necesidad, así como
aquel otro es excelente que se arriesga cuando lo pide el caso: así es
que los médicos no usan sajaduras ni cauterios antes de las medicinas.
Los Campamentos Cauto y sagaz, Escipión concibió el plan de guerra de
reducir, cercar y sitiar a los numantinos, hasta que faltos de fuerza
se rindieran. Así, para quitarles apoyo y favor de otros pueblos, se
dirigió primeramente contra los vácceos a quienes los numantinos compraban
víveres, taló sus campos, recogió lo que pudo para manutención de sus
tropas y amontonando lo demás, le puso fuego. Como hostilizaran los pallantinos
de Complanio a los forrajeadores romanos, mandó para rechazarlos a Rutilio
Rufo, tribuno entonces y escritor de estos hechos, dice Apiano; y cubriendo
la retirada el mismo Escipión, pudo salvarlo con su caballería. Vino
por fin a invernar frente a Numancia y para cercarlas construyó siete
campamentos que el profesor Schulten, ha logrado descubrir. Según Apiano,
Escipión no hizo caso de las frecuentes salidas con que ellos le provocaban
y cercó la ciudad con siete fuertes, un foso y un vallado que tenía de
contorno más del doble que tenía aquella (50 estadios, dice en otro lugar,
de circunferencia, la cual era de 24 estadios; el estadio mide 185 metros
). Todavía hizo otro foso por encima del primero y fortificado con estacas,
fabricó un muro de ocho pies de ancho y diez de alto, sin almenas, sobre
el cual construyó todo alrededor de unas torres a un plethron ( 30,85
metros ) de distancia unas de otras, y no pudiendo echar un puente sobre
el río Duero, por donde los sitiados recibían tropas y víveres, levantó
dos fuertes y atando con maromas, desde el uno al otro, unas vigas largas,
las tendió sobre la anchura del río... "En estas vigas, añade el
historiador, había clavado espesos chuzos y saetas, las cuales, dando
vueltas siempre con la corriente, a nadie dejaban pasar, ni a nado, ni
buceando, ni en barco, sin ser visto. Situó en las torres catapultas,
ballestas y otras máquinas; aprovisionó las almenas de piedras y dardos;
guarneció los fuertes de flecheros y honderos, y habiendo reunido un
ejército de sesenta mil hombres, en el que se contaban gentes del país,
mas los flecheros y honderos correspondientes a doce elefantes (que jugaban
como torres móviles), que trajo Yugurta, destinó la mitad de las fuerzas
para guardar el muro, preparó veinte mil hombres para las salidas que
fueren necesarias y dejó de reserva otros diez mil. Dio Escipión el mando
de un campamento a su hermano Máximo y el tomó el de otro, y todos los
días y noches recorría por sí mismo la circunferencia con que tenía cercada
la ciudad; siendo él, en concepto de Apiano, el primero que tal hizo
con gentes que no rehusaban la pelea. Con estos datos históricos y haciendo
aplicación de ellos en un concienzudo estudio topográfico del terreno
que rodea el cerro de Numancia, logró descubrir en cinco años el profesor
de Historia de la Universidad de Erlangen, D Adolfo Schulten, los restos
de dichas fortificaciones y los siete campamentos o fuertes de Apiano,
presentándolos al Instituto Arqueológico de Berlin. (1880?) La primera
conclusión que sacó de sus descubrimientos es que los campamentos de
Escipión no fueron obras de barro y madera como los construidos por César
ante Alesia en la Galia , sino construcciones de piedra como las del
tiempo del Imperio. El más importante de estos campamentos y también
el que ocupa posición mas eminente es el de Peña Redonda, que está en
un alto, en el avance de una sierra, al Sur, Sudeste del cerro de Numancia,
separado de él por el riachuelo Merdancho. Siguen por el Este las fortificaciones
de Peñas Altas, consistentes principalmente en una ancha muralla, que
posiblemente unió con una torre cuadrada de gruesa fábrica, lo cual es
verosímil sirviera para instalar una catapulta, que por lo próxima a
Numancia debió hacerle mucho daño. Al pie de ésta, en una pequeña meseta
llamada Saledilla, halló el Dr. Schulten huellas del incendio de la ciudad,
de donde se deduce que debió existir un arrabal de la misma, que solo
dista del baluarte de la catapulta 150 metros . Siguiendo hacie el NE.
desde Peñas Altas se encuentra otra eminencia, Valdevorrón, donde la
existencia de un antiguo canal de desagüe indicó al explorador la existencia
de un campamento, cuyos restos, escasos, pudo encontrar.
Según Apiano, solo Retógenes el Caraunio, con algún compañero y caballería,
pudo burlar este cerco para pedir ayuda a las ciudades vecinas, de las
que únicamente Lutia se mostró dispuesta a socorrer a la ciudad, lo que
acarreó una terrible venganza de Escipión sobre los lutiakos.
Tras quince meses de asedio la ciudad cayó, vencida por el hambre, en
el verano del 133 adC. Sus habitantes prefirieron el suicidio a entregarse.
Incendiaron la ciudad para que no cayera en manos de los romanos. Los
pocos supervivientes fueron vendidos como esclavos. Escipión renunció
a su título de el Africano, y asumió el de Numantino.
Reconocimientos históricos
La actitud de los numantinos impresionó tanto a Roma que los propios
escritores romanos ensalzaron su resistencia, como Plinio o Floro, convirtiéndola
en un mito, que se unió a los de otras ciudades y pueblos de la península
que lucharon hasta el final, como Calagurris, Estepa o las ciudades cántabras,
entre otras.
Esta lucha ha dejado huella en la lengua española, que acoge el adjetivo "numantino" con
el significado: "Que resiste con tenacidad hasta el límite, a menudo
en condiciones precarias", según la Real Academia de la Lengua.
Miguel de Cervantes dramatizó el hecho histórico del famoso asedio a
la ciudad en su Tragedia de El cerco de Numancia, escrita y representada
hacia 1585.
En recuerdo a la ciudad hispana, se ha dado el nombre Numancia a una
ciudad en Aklan, Filipinas, al Club Deportivo Numancia de Soria, a varios
barcos y a unidades militares. En 1936, durante la Guerra Civil Española,
un regimiento llamado Numancia tomó el pueblo toledano de Azaña, y le
cambió el nombre por el actual de Numancia de la Sagra.
Arqueología
El tiempo borró de la memoria la situación geográfica de Numancia y su
emplazamiento solo se podía adivinar, de forma poco aproximada, por los
escritos que habían dejado los romanos. Algunas teorías la ubicaban en
Zamora hasta 1860, cuando Eduardo Saavedra descubrió el emplazamiento
real de las ruinas de la ciudad. Los emplazamientos de los campamentos
romanos alrededor de la ciudad fueron establecidos por Adolf Schulten.
Las excavaciones arqueológicas regulares del lugar comenzaron en el año
1906 y continúan 100 años después, con un equipo de investigadores bajo
la dirección científica de Alfredo Jimeno.
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